En un jardín infantil los juguetes no están porque sí. Esos lugares serían aburridos sin ellos. Cualquier niño puede dar fe de eso, y yo también, pero en parte. Para mí no era suficiente con que hubiera juguetes, tenía que haber dinosaurios. Si no era así, nada más me servía. Ni pelotas, triciclos, rompecabezas, espadas, supermanes, caballitos… Nada. Los únicos juguetes que valían la pena eran esas réplicas de aquellos seres que ya no existen.
Depende de la parte emocional de un niño que muchas veces sólo se identifique con cierto tipo de juguetes, y que sean éstos los que lo ayuden a desarrollarse de manera normal en su espacio.
Con los dinosaurios yo formaba esa relación que no tenía con mis compañeros. No me divertía perseguirlos ni dispararles. O tomar roles de perrito, papá, chofer… Tampoco. Sólo los dinosaurios me generaban confianza, eran los únicos que estaban conmigo fuera de la casa. “¿No prefieres que te compre estos muñecos? ¿Por qué te gustan tanto los dinosaurios? ¿Qué les ves?” Me preguntaban en casa. Tiempo después uno empieza a descubrir las respuestas.
Así como la mayoría de mis compañeros me parecían aburridos, muchas otras cosas también lo eran, como los animales, por ejemplo. El cielo, la tierra y el parque del barrio (allá solamente iban los dinosaurios a revolcarse un rato). Ya que no existe uno solo, la posibilidad de verlos se reducía a “Jurassic Park” y a revistas extranjeras escritas en inglés. ¿Un Oso Polar, una ballena, un pingüino? ¿Para qué? Conocerlos sólo necesitaba de dinero; eran asequibles. Los dinosaurios no. Para tenerlos se necesitaba a alguien que sintiera que eran demasiado para este mundo, y por esa razón éste haya tenido que erradicarlos.
Estos fascinantes animales, contra los que ni el más feroz elefante tendría la oportunidad de vencer, se volvieron la única cosa a la que pude aferrarme cuando no le encontré gracia a nada de lo que conocí fuera de mi casa y de la magia que hacía mi papá.
Ahora que ya no soy un niño, y que los dinosaurios ya no son de mi total interés, ¿a qué otras cosas majestuosas podré aferrarme cuando no le encuentre gracia a lo que conozco?
Es por esto que no cualquier juguete sirve. El niño decidirá.
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