lunes, 28 de marzo de 2011

Sobre nuestros intelectuales colombianos

En realidad yo estaba muy equivocado: pensaba que nuestro país estaba lleno de gente banal y superficial. Hace poco me di cuenta del error en el que estaba cayendo. En Colombia, aunque nadie crea, estamos llenos de unos personajes increíblemente letrados y sabios. ¿Que cómo me di cuenta? Pues leyendo los foros virtuales de los medios de comunicación. 

Si alguno de estos medios publicaba en su página oficial, o por medio de un enlace en Facebook, una noticia sobre Juan Manuel Santos, sobre Gustavo Petro, sobre el director del SENA o sobre el M-19, muchedumbres virtuales se lanzaban al teclado a dar sus respectivas opiniones del caso. "¡Ignorante! ¡Deja de ver RCN!", dicen unos. "¡Mamertos! ¡Váyanse para Venezuela!", dicen los otros. Ver este tipo de mensajes ya se me hacía normal; era parte de la rutina al leer noticias vía Internet. Pero, de un momento a otro, empecé a descubrir otro tipo de mensajes que los usuarios empezaban a postear

"¡Como siempre El Tiempo publicando cosas sin sentido!", empezaron a escribir unos. "¡Me extraña, Revista Semana! ¡Hablen de cosas más importantes, como los falsos positivos!", empezaron a escribir los otros. Oh, qué magnificencia, qué grandeza la de aquellos colombianos que escribían estos comentarios en noticias como, por ejemplo, las relacionadas con la muerte del famoso pulpo Paul. De verdad, yo no me imaginaba tantos filósofos, hijos de las más profundas corrientes de los antiguos pensadores, escribiendo en estos foros. Luego de leer estas críticas perfectas, ácidas y con un fino toque de redondez, me sentí un ignorante completo porque, en el fondo, sabía que me había parecido simpática la nota sobre el pequeño pulpo, y hasta le di 'Me gusta' en Facebook. ¡Soy un fiasco!

Me gustaría que a esas personas, intruidas en todos los conocimientos posibles, les llegara este humilde mensaje: amigos intelectuales, la próxima vez que escriban cosas como "Otra vez este pasquín publicando pendejadas", acuérdense que se demoran menos cerrando la ventana que tengan abierta. Así se ahorrarán unos segundos para poder seguir escribiendo sus profundos y acertados comentarios sobre la realidad nacional. Y nosotros, los de la cabeza vacía, ya que no tenemos la capacidad intelectual para poder ofrecerle al mundo tal genialidad que  acabo de mencionar, nos vemos obligados a hacernos a la idea de que no podemos vivir hablando siempre de lo malo que pasa en el país, que de vez en cuando es bueno leer noticias curiosas o de humor. 

No siempre tienen que andar mostrándonos las monstruosidades que ya muchos conocemos. Y si bien es cierto que es nuestro deber informarnos de las cosas relevantes de la realidad nacional, también debemos distraernos un poco. No nos amarguemos tanto.

sábado, 26 de marzo de 2011

Carta de un hombre que perdió a una mujer. (Fragmento).

Antes de llevarme, me darás la devastadora manita tuya que siempre me acarició y darás conmigo un último paseo al parque. Sacaremos de su lugar a la pareja que veo en el resbalador y nos sentaremos ahí. Antes de llevarme, veremos una película en tu sofá —no importa si es animada, la verdad— y me abrazarás durante ese lapso. Antes de llevarme, me quitarás la ropa y me harás pensar que me estás llevando… Antes de llevarme, vestirás todo mi cuerpo con tus ojos, aún brillantísimos, y esa será la vestimenta con la que me abrigarás… Antes de llevarme, alivianarás el peso que cargo debido a mis problemas y corregirás otros, como la ruta de mi espalda. Antes de llevarme, me curarás.

Hoy he decidido salir de mis pensamientos oscuros y dejar de perderme en ellos. Hoy he decidido continuar con mi vida real, salir de este pozo y contagiarme de la verdadera vida, la que siempre habíamos vivido. Hoy también he decidido arreglar mi problema con los pronombres: no habrá más nosotros, solo habrá yo.
¿Sabes algo, mi gran pequeña? Seremos felices. Lo de los pronombres lo corregiré después, lo sé.

sábado, 12 de marzo de 2011

El taco de acero



Él era el as del billar. Nunca usó su talento para competir a nivel profesional, como tantas veces se lo habían sugerido, sino que usaba esa capacidad para ganar dinero de una manera muy peculiar.

Roberto se untaba descongestionante en pomada bajo los ojos, se desabotonaba la camisa, hablaba de manera enredada y cantaba la canción que estuviera sonando. Luego, se tomaba dos cervezas lo más rápido que pudiera y hacía algunos tiros torpes en la mesa, como si estuviera practicando. ¿Quién se me mide un chico?, pregunta en voz alta. Soltaba con un golpe tres billetes de $50.000 sobre la mesa. Cuando logra convencer a alguien, le quita el dinero con una victoria contundente o, con pérdidas y derrotas, pone al contrario a apostar el máximo valor, dándole la ilusión de que tiene oportunidad de ganarle.

Así pasaba los fines de semana Roberto. Se gastaba el dinero entre semana y lo recuperaba los jueves, viernes y sábados en algún billar de los barrios cercanos al centro.

La noche del 15 de enero, luego de ganarle media quincena a un trabajador, Roberto escuchó un silbido y al voltear una mujer, desafiante, puso las llaves de una moto sobre la mesa, como lo hacía él con los billetes: de un manotazo. Si va a apostar una moto es porque juega bien, pensó Roberto, pero no se la voy a quitar. Le gano la mesa y me voy. La mujer no le dio oportunidad: completó 21 carambolas seguidas. Después de unas diez, cada carambola le generaba al supuesto borracho un tumbo de sangre violenta e impotente que le recorría el tronco; el hecho de que una mujer pudiera ganarle lo desesperaba. Al vencer a Roberto, ‘Bola 4’, como le decían en el billar, le devolvió la plata a quien había acabado de perderla.

Roberto se volvió obstinado con aquella situación. Volvía al mismo billar cada vez que podía, pensando en ganarle algún día a la habilidosa y humilde mujer. Después de su respectiva derrota, ambos salían al andén a tomar cerveza. Cuando terminaban de jugar se volvían amigos. Lo de ser contrincantes solo llegaba hasta el siguiente sábado.
Unos meses más tarde, la mujer se enamora de Roberto. Ella conoce al hombre sensible que hay detrás de su ambición y su obsesión por ganar.

Voy a ser muy feliz el día que le gane dos veces, le dijo Roberto a ‘Bola 4’, muy feliz. Pues eso no va pasar nunca, le respondió ella. Sin embargo, una noche, enamorada y rompiendo la promesa que le hizo a su padre, el hombre que le enseñó el juego del cálculo y la precisión, decidió dejarse ganar de Roberto de una manera muy disimulada.
Disfrutó con esa victoria como con pocas cosas había disfrutado antes: cantó, bailó, rió, bebió y abrazó a su rival muchas veces. Al final de esa triunfante noche, él, al despedirse, acercó su boca a la de ella, y la besó con ímpetu y deseo. Se subió a un taxi, y ella recordó ese beso toda la noche.

El siguiente sábado, ‘Bola 4’ se arregló como nunca para ir al salón de juego: aretes, perfume, tacones, la blusa más elegante de su mejor amiga…

Roberto jamás volvió al billar. Pudo derrotar, por fin, a quien tanta dificultad y frustración le  había generado.

martes, 15 de febrero de 2011

El día que un francés vino a Colombia.

Lo confieso: ya no me gusta ver noticieros,  ni escuchar emisoras buenas o emisoras malas, o una combinación de ambas, como La W. Tampoco me gusta leer periódicos malos o periódicos malos, o una combinación de ambos, como... Bueno. Antes me gustaba mantenerme informado sobre la actualidad del país, sobre los hechos recientes, sobre la coyuntura, etc. Pero hoy ya no. Me desanimé. Se fue a la caneca de la basura del baño social esa gana de saber qué pasa en Colombia. Bueno, todos tenemos un límite, ¿no? 
Yo me cansé. Antes era reconfortante opinar sobre las elecciones en el almuerzo, sobre las Farc en los recesos, sobre la situación de la rama judicial tomándose un tinto, etc. Ahora no. Ahora es triste. Pero creo que se debe a mi corta edad, porque seguro durante toda la vida ha sido triste eso. 
Todos los días es algo distinto. Cada día hay un escándalo nuevo, un nuevo ataque, una nueva masacre, una nueva toma, un asalto, una pelea, un borracho matando gente con su carro, un boxeador matando a patadas a su vecino, unos policías matando a un animal, un animal matando a otro animal... Luego de eso, al otro día, un avance sobre el mismo escándalo anterior, que nos deja ver que era más grande de lo que pensábamos. Y así, de poquito a poquito, el país se va yendo por el caño. Así lleva yéndose desde que los libros lo recuerdan. 
Me parece que es suficiente mal el que azota a Colombia. Pero ahí está lo triste de nuevo: yo pude haber escrito la anterior frase hace 15 años e igual hubiera tenido validez. En cualquier momento podría decir que el país se va por el caño... Y sería cierto.
Un amigo, tratando de hacerme volver al optimismo que nunca he tenido, me dijo lo siguiente: "Daniel, deberías ver las noticias de otros países. Hay gente peor que acá". Y él tiene razón. Debe haber países en peores situaciones. ¿Haití? ¿Algún país africano que nos suene lejano? ¿Venezuela? Mi amigo me habría llevado al optimismo, pero de un momento a otro recordé que un país que está peor que Colombia no va a arreglar a Colombia. Además, me da pereza leer noticias internacionales, porque nunca me han importado. Suficientes cosas malas ve uno, si evade el noticiero, en la misma calle en la que vive.
Entonces, eso que escribí en el título de la entrada sería algo como esto: vengo de Francia a visitar a mi mejor amiga en Colombia. Mientras ella va a comprar el almuerzo, yo me quito los zapatos en el delicioso clima caleño, prendo el televisor y veo el noticiero de las 12:30 p.m.:


Día 1: MINEROS ATRAPADOS EN MINA ILEG...
Día 2: ASESINADO CONCEJAL EN CO...
Día 3: CAMIONETA DE 250 MILL. QUE USABA EL EXC...
Día 4: ASESINADO POR ROBARLE UNA SUMA EN B...
Día 5: MEDIO PAÍS INUNDADO
Día 6: LAS AYUDAS NO ALCANZAN PARA SUP...
Día 7: CONFIESA PARAMILITAR Y ACUSA A POLÍTIC...


¡Mierda! Llevo una semana en Colombia. Miro hacia la ventana y espero que una sarta de ladrones entre rompiendo todo... No pasa nada. Creo que estoy paranoico. Sigo con la visita:


Día 8: FARC DINAMITAN TORRE DE ENERG...
Día 9: FARC ANUNCIAN LIBERACIÓN DE SE...
Día 10: FARC LIBERAN UNO; SECUESTRAN 8...
Día 11: FARC NO CUMPLE CON TODAS LAS LIB...


Pero ¿qué es esto? Miro de nuevo la ventana y espero a que entren las Farc a tomar el té con nosotros... Pero no pasa nada. Seguro estoy paranoico de nuevo. Además, estoy en un barrio tranquilo.


Día 12: GAULA ENCUENTRA CALETA DE NARCO EN CAL...
Día 13: INTERCEPTADO CAMIÓN CON GRAN ARMAMEN...
Día 14: ASESINADOS ESTUDIANTES DE UNIANDE...
Día 15: ASESINADOS ESTUDIANTES DEL SEN...
Día 16: ASESINADOS ESTUDIANTES DE COLEGIO EN TU...


¡Puta vida! Miro por la ventana y no pasa nada... Recuerdo que estoy en un barrio tranquilo y que no soy estudiante. Estoy paranoico, es todo.


Día 17: BACRIM...
Día 18: BACRIM...
Día 19: BACRIM...
Día 20: BACRIM...


Pero las Bacrim no entraron por la ventana. Se me hizo raro. Estoy por pensar que este barrio está blindado o algo así. Luego, mi amiga, toda pálida, entra y me dice que casi la roban volviendo del mercado.
Pero Colombia es un país hermoso, y, por eso, me encuentro ahora visitando este bello lugar colombiano, el mejor de todos: el aeropuerto de Bogotá.


Terminada mi fantasía de ser francés,  que en realidad odiaría serlo -me gusta mucho bañarme-, llegué a una conclusión un poco ambigua:


Colombia es un país al que todos los ateos del mundo deberían venir a que los noticieros les demostraran que Dios no existe.


O, por el contrario:


Colombia es un país al que todos los teólogos deberían venir para que los noticieros les demostraran que, como Dios sí existe, hizo con Colombia algo que solo podría hacer un ser que de verdad existe: olvidarnos.
















lunes, 7 de febrero de 2011

Maldito mundo extraño

                                                   
Mi mamá tiene una actitud inquietante: cuanta más edad tengo, más se preocupa por mí, cuando debería ser al contrario. No digo que haya sido descuidada antes, pero es algo exagerado que, teniendo yo 26 años, me llame casi cada dos horas preguntándome en dónde estoy y si estoy bien.  Yo no le digo nada, sé que sólo quiere cuidarme, pero algún día tendrá que entender que ya soy un hombre. Pobre de mi madre. Como veo las cosas va a ser difícil para ella cuando me vaya a ir de la casa y, puesto que conseguí un alto cargo en el bufete de abogados CARIOCA, es cuestión de tres o cuatro meses para tener la cuota inicial de la camioneta e irme a vivir a un apartamento en las colinas. Cuando eso pase, mi mamá estará preocupada, eso sí, pero estará orgullosa de mí. Por lo pronto espero que cuando viva solo me llame menos veces.
Ya se me hizo tarde. Me despido de mi mamá y salgo a la puerta. Pablo me recoge en la moto. Yo le digo que no podemos circular ambos –siendo  hombres- en el mismo vehículo, pero ya que no tengo casco y chaleco ni él tiene licencia de conducción  y papeles de la moto, una regla más o una menos no iría a importar. Entonces me subo y arranca como si nada. Me molesta tener su cabeza frente a mí y que no me deje ver por dónde va (porque Pablo no ve muy bien, entonces siento que debo avisarle si hay algún bache). Gracias a que trabajé con la Secretaría de Tránsito y ejercí como guarda durante 6 meses, conozco perfectamente los sitios favoritos de mis ex colegas para montar retenes, así que evitamos esos sitios y tomamos otros caminos para llegar a nuestro destino.
Me bajo en la casa de Camilo y Pablo se va sin despedirse. Él se pone así siempre que pelea con la novia, pero es inevitable: ella está loca. Timbro 3 veces para que sepa que soy yo. Mientras él abre yo reviso que los papeles en mi portafolio estén completos con las fotos autoadhesivas de las personas que integran mi grupo y me acomodo el nudo de la corbata. Camilo abre la puerta y trato de saludarlo con un apretón de manos vigoroso, pero recibo una delicada respuesta de su mano velluda. Siento que saludo a un hombre enfermo.
Nos sentamos en la sala y pongo mis papeles sobre la mesa. Camilo no parece estar muy interesado en mí y arma un avión con un billete. ¿Para qué carajos me cita si no va a ponerme atención? Qué tonto es. Él como siempre pensando en sus fiestas, no se da cuenta de que el proyecto que estoy presentando no se ve todos los días: innovación en el control del ingreso de personal a un lugar cerrado. Él se lo pierde. Mejor consigo a alguien que esté de verdad interesado en mi propuesta, y que en realidad quiera aprovechar la oportunidad que estoy ofreciendo. Le digo que es inviable lo que estoy haciendo y debo modificarlo, una excusa ridícula teniendo en cuenta lo fuerte que es el proyecto, pero a fin de cuentas, una excusa. (No podía irme de la sala sin decir nada). El pito de la moto de Pablo me ayuda un poco. Salgo entonces de la casa y evito darle la mano.
Le pregunto a Pablo por la brevedad de su regreso y me responde que fue por su licencia y los papeles de la moto, que por eso no se demoró. Pero yo no le creo. Sé que no se demoró porque estaba hablando con la novia, y cuando no se demora es porque ella lo despacha rapidito, le pone las diéresis sobre las úes sin rodeos. Le gusta economizarle la llamada a Pablo, y por eso no se pone con divagaciones a la hora de mandarlo a un lugar muy lejano, que todos sabemos cuál es y al que alguna vez nos han mandado. Pero bueno, mejor no le hablo de eso. A lo mejor se pone a llorar y eso no me conviene para viajar en moto.
Entonces me bajo en mi casa y Pablo se va sin despedirse. Algo grosero, pero lo comprendo. Él Toda la vida ha sido así y por algo soy su amigo. Ahora debo concentrarme en buscar quién quiere ser mi socio en el proyecto que llevo a cabo. El Decano de mi facultad en la universidad me dijo que quería ser él, pero yo la verdad no le confiaría un proyecto empresarial a un profesor especializado en filosofía, y que lleva todos los días la guitarra a la universidad, pero no la toca jamás. No me voy a arriesgar a que vuelva mi proyecto una suerte de instrumento suyo.
En este momento el problema principal es encontrar la llave que abre la puerta. Ninguna entra en la chapa. Para mi suerte, estaba abierta y fue solo cuestión de empujar. Me doy cuenta de que el vecino cambió de carro. Tiene una camioneta como la que yo quiero, pero negra. Luego, saludo a mi mamá que está en el comedor con la visita, tiene un color de cabello diferente, estrena un vestido elegante. Yo pensaba que ya había dejado el cigarrillo, pero no le pregunto por ello. Mijito, ¿conseguiste el álbum del Mundial?, me pregunta un hombre calvo y gordo que comparte un plato de chicharrones con mi mamá. No sé quién es ni de qué habla, pero yo le respondo que no haciéndome el que entiendo, como para salir de la situación. Entro a mi habitación y me lleno de ira al darme cuenta de que no están los cuadros que había pintado hace dos años. ¡Maldita avaricia! Mi padrastro los vendió para comprarse una colección de correas. Viejo loco. Y tuvieron el atrevimiento de acomodar en una pila los planos que tenía sobre mi escritorio, y la novela que estaba escribiendo a mano tampoco la veo. ¿Por qué tienen que coger mis cosas como si fueran suyas? Cualquiera se aburre así.
Oigo a mi mamá hablando atrás con el hombre calvo: “Son los trastornos de Carlitos. Es como tener cien personas en la casa… cien Carlitos. No, Germán, usted no sabe todo lo que yo lloro…”
Saber que mi mamá está triste me pone triste, todavía más si es por mí, y a veces también me hace llorar. No me gusta que ella se entere de que lloro. Por eso, entro en mi carpa, prendo una vela, y cierro el angeo… para que no me escuche llorar por ella.

viernes, 14 de enero de 2011

Sobre la Policía: Pensamientos biches sobre el verde oliva. (Fragmento).

(1) “Como siempre los tombos dañando todo”: La verbena.

Por más que muchos piensen que es de mal gusto, es parte de la idiosincrasia latina que en un sector residencial alguien saque bafles o suba el volumen de su equipo de sonido para ofrecer una fiesta en su casa. Normalmente, y después de cierta hora, la Policía recibe la llamada de un vecino del sector quejándose por el ruido. Los comentarios a distancia no se hacen esperar: “Ah… tenían que llegar”, “Como siempre los tombos dañando todo”. La Policía no cuenta con un radar que detecta fiestas a altas horas de la noche. Si los agentes llegan a una reunión de este tipo, es, en casi todos los casos, por la llamada de ese vecino.


(2) “Como siempre los tombos dañando todo”: El comparendo o desalojo.

Varias personas viajan dentro de un vehículo, todos ellos con mucha prisa. De repente son detenidos en un retén. Su odio a la autoridad crece en ese momento. El conductor del vehículo va cometiendo una infracción y el agente le comunica que será multado e inmovilizado. El conductor intenta dialogar con él y se ofrecen y se reciben billetes encubiertos. Luego de eso, todo normal. ¿Y si no sucede así? Si el Policía no quiere razonar con el conductor, ni recibirle dineros, incluso ponerle un cargo más por intentar sobornarlo, ¿qué piensa en ese momento el conductor promedio? Hay varias opciones. Aquí, dos de ellas: la primera, insultar al oficial a más no poder, o desearle el mal con ardor mientras va camino al Tránsito. La segunda, pensar: “ese Policía no me quiso recibir el soborno. Es decir que actuó con rigor y aplicó la ley en todos los aspectos. Es un oficial incorruptible. Qué orgullo mi Policía Nacional”. La segunda opción no es muy factible. Si el conductor de ese carro, por poner un ejemplo, venía odiando a la Policía porque ésta no cumplía con su trabajo, veinte minutos después la estará odiando porque lo está cumpliendo.  Dado un caso así, es irritante que el Policía sea tan estricto con las normas y no permita el espacio para la corrupción.

Hay un caso específico en el que la Policía ‘acaba’ con la diversión sin necesidad de que haya desorden o violación de la ley en ese momento: a las 12 a.m. las patrullas prenden las sirenas dando la orden de que se debe evacuar el Km. 18, en la vía al mar. Esa es una medida que se tomó ya que pasada esa hora, el nivel de alcohol en las personas sube, y la carretera hacia la ciudad es angosta y peligrosa. Si en ese momento no hay alteración del orden, la Policía interviene para prevenirlo. Y no es un capricho; muchos han muerto bajando por la vía Buenaventura – Loboguerrero luego de una noche de tragos.

Es en casos de la vida cotidiana, como los anteriormente mencionados, en los cuales la gente parece olvidar que cuando es detenida,  les piden sus documentos, les revisan el carro, les piden que moderen su celebración o que desalojen un lugar, lo hacen por su propio bien, es decir, por el bien de toda la comunidad. Y ese bien está por encima de una fiesta, del afán o de las conquistas prestando abrigos en el Km. 18.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cuento: Tiempo útil.


El carro giró rápidamente a través de la vía Cali – Jamundí. Manuel, en estado de embriaguez, perdió el control del vehículo y luego este rodó por la carretera, como un juguete de plástico. En la fiesta de la que veníamos, había conocido a Sandra, la prima de un amigo mío. Esa noche nos presentaron y no hice más que mirarla… mirarla bailar, y no con cualquiera, sino con los amigos malos de mi primo. Pero eso no representaba problema para mí, sólo era cuestión de tenerla un rato a ella sola para hablarle, y ese momento era en el carro. Le pregunté de nuevo su nombre y lo soltó con una amplia sonrisa, luego noté que usaba botas. En el momento que iba a responderme por qué las usaba, la expresión en su cara pasó de risas alicoradas a un horror profundo... Y un segundo antes del vuelco, me apretó el muslo fuertemente.

Ambos caímos en estado de coma. Lo sabía porque yo estaba consciente. No podía escuchar a nadie hablarme, pero podía pensar y soñar. Los primeros sueños fueron todos los mismos: Sandra y yo, perplejos, mirábamos un balde. Yo levantaba un poco la mirada y me fijaba que no éramos los únicos, pues hacíamos parte de un círculo de unas quince personas, todas mirando lo mismo.
Entonces, luego de un rato, teníamos una charla corta:
—¿Qué ves? —me preguntaba ella.    
—¡Pues un balde! —respondía yo. Pero hay algo que no entiendo: ¿por qué nadie tiene rostro?
—No sé. Pero eso no importa ahora. Lo único que quiero saber es qué tiene ese balde. ¿Será que voy y miro?
—Acércate un poco. —le dije.
—Bueno, ya vengo. —me dijo ella. Me esperas.

Sandra se iba y parecía irse de cabeza hacia el  interior del balde.


Y todas las noches era lo mismo, el mismo sueño que terminaba con esa charla y yo me quedaba esperando a que Sandra volviera de allá. Me estaba empezando a aburrir del mismo sueño siempre: la gente con una cabeza sin rostro y todos vestidos con una túnica, que a lo mejor era de color gris —soñaba en blanco y negro—. Era como ver la misma película una y otra vez…

Tiempo después, las cosas empezaron a cambiar. Aquel sueño empezó a modificarse. Cuando me di cuenta de que pasaban cosas diferentes, pensé que podía aprovechar para poder cambiar el rumbo de ese cuadro tan aburrido. Me fijé que algunas personas llegaban a amontonarse en el círculo también y algunas conversaban (eso no había sucedido antes). Halé del brazo a Sandra para poder alejarnos del tumulto. Fue una sensación única. Pude romper con una rutina que me estaba volviendo loco y tuve, por fin, la oportunidad de hablar con Sandra de algo distinto:

—¿Cómo hiciste para sacarme? ¡Dios mío, me iba a volver loca! —me dijo ella.
—No lo sé. De repente pude y ya. —respondí tranquilo.
Y me desperté.
No sé si el verbo correcto sea ese: “Despertar”, porque despertaba a mi coma. Era como tener los ojos vendados y los oídos tapados. No podía hacer absolutamente nada, excepto pensar. Luego de varias horas, me sentía cansado y me podía dormir. No sé si “dormir” sea el verbo correcto, pero me sentía muy descansado cuando terminaba de soñar. Y me encantaba. Era mejor estar soñando porque cuando me despertaba solo podía pensar en eso. Sobre todo en ese momento en el que empecé a soñar cosas diferentes, todo se volvió mucho más interesante.

En mis sueños, Sandra siempre usaba la misma ropa todos los días. La que tenía ese día que la conocí y que nos accidentamos. Su cabello se veía hermoso. Era  como un pasamontañas que yo quería usar en la cara cuando hiciera frío o cuando hiciera calor. Se veía hermosa, todos los días, en todos los sueños.

Un día Sandra estuvo tan agradecida conmigo por haberla sacado del sueño, que me invitó a su casa a almorzar. Me arreglé lo mejor que pude. Me probé varias camisas y traté no de no aplicarme demasiada colonia, como solía hacer siempre. Llegué a su casa y era muy bonita. Comimos, charlamos, nos reímos y luego tomamos vino. Sandra era una mujer muy amena.

Algunas veces, yo soñaba que salía de trabajar de algún periódico y pasaba en mi carro y le pitaba dos veces. Se asomaba por el balcón y se despedía de mí. Ella siempre tan receptiva. Otras veces, pasaba a visitarla para mostrarle algo diferente. Yo buscaba algo interesante que tuviera en mi casa para poder mostrarle a ella y que pensara que soy un hombre que vale la pena. Un día le dije que iba a ir a mostrarle mi libreta de poemas. Pasamos todas las hojas. Todas vacías. Ella también se antojó de mostrarme algo y miramos una colección de unos veinte pares de botas, todas idénticas. Pero eso sí: muy bonitas todas. Es una mujer a la que se le nota el buen gusto.

Tiempo después, las cosas se dieron. Sandra y yo éramos la pareja ideal. Teníamos un perro muy cariñoso, un carro que no consumía gasolina y una colección de salsa inigualable. Todos nuestros vecinos sin rostro parecían envidiarnos, o por lo menos eso era lo que ella me comentaba. ¿Mencioné que el perro no ladraba ni cagaba? Todo era perfecto.

Todo parecía en orden hasta que una chispa de razón se asomó con intenciones de querer arruinar mis sueños y mi vida. Estábamos haciendo el amor en el piso de un centro comercial. Todo era espectacular: las luces, el clima, el clímax… De un momento a otro, Sandra me tapó la boca con su mano y se me desbarató el momento: “Tú eres consciente de que esto es un sueño, ¿verdad? Debes calmarte”.

Pero no me calmé. Todo se empezó a confundir. Cuando me despertaba lo único que hacía era tratar de volverme a dormir para seguir soñando y tratar de aclararle a Sandra que así como íbamos todo estaba bien. Pero era imposible dormirme cuando yo quisiera, y tratar de inventarme el sueño, pensándolo, era inútil; Sandra no me escuchaba. Tenía que esperar a que me volviera a cansar para dormirme y poder encontrar tranquilidad con ella. Yo la amaba. Estaba muy enamorado, y ella también lo estaba de mí. Creo que no se podía conocer a una persona mejor que como yo conocí a Sandra y como ella lo hizo conmigo. Sabíamos cada cosa uno del otro. Todo, absolutamente todo. Pero las cosas no mejoraron. Ella se empeñaba, cada vez más, en tratar de derrumbar todas las cosas que sueño a sueño yo había construido para los dos. Todos los días me lanzaba algo distinto: “Sabes que esto algún día va a terminar, ¿cierto?, ¿estás teniendo en cuenta que pronto despertaremos?, ¿estamos listos para seguir con nuestras vidas nosotros solos? Tengo miedo de que nos vayamos a estrellar” Cada cosa me destrozaba más el corazón. Ella no entendía, no entendía nada. La empecé a desconocer totalmente.

—¿Esto que estoy tocando, esto, esto, es en realidad tu pierna? —me preguntó un día en la cama.
—¿A qué te refieres? —respondí extrañado. Claro que es mi pierna. ¿Esto que estoy tocando es tu nariz?
—Puede que no. ¿Cómo sabes que esa nariz que estás tocando nunca antes la habías tocado y te la estás imaginand…
—¡Cállate, necia! —grité alterado. No necesito tus reflexiones vacías. ¡No sabes nada!

Por esas épocas difíciles con ella, volví a tener el mismo sueño de las primeras noches. Todos mirábamos el balde, asombrados, atraídos por algo. Sentí terror. “Ahí viene de nuevo esta rutina del condenado balde”, pensé. Llegó el momento de la charla previa a la finalización del sueño:

—¿Qué ves? —me preguntaba ella.    
—¡Pues un balde! —respondía yo. Pero hay algo que no entiendo: ¿por qué nadie tiene rostro?
—No sé. Pero eso no importa ahora. Lo único que quiero saber es qué tiene ese balde. ¿Será que voy y miro?
—Acércate un poco. —le dije.
—Bueno, ya vengo. —me dijo ella. Me esperas.

En ese momento, vi que otras personas se acercaron al círculo y alguien se rió fuertemente. Me di cuenta de que podía romper la rutina. Pensé en halarla de nuevo del brazo, como hice la primera vez, e irnos a casa, pero por alguna razón, tal vez aquella chispa de razón, la detuve y le dije:

—Yo no te voy a esperar. Mejor nos vamos juntos.

Tomé su mano y el balde, blanco, como el color de su piel, nos absorbió hacia dentro. Quedé enceguecido por una luz muy fuerte. Poco a poco, sentí que podía abrir los ojos. Cuando lo hice vi una lámpara en el techo. Era el hospital. Me sentía bien, fresco, renovado. Volteé a ver la camilla de enseguida y pude verla… Ella también me miraba a mí con una expresión extraña, como quien no entiende qué pasa.

Me bajé de la camilla como pude, quitándome los cables y los medidores, y me acerqué a ella despacio. Queriendo molestarme, como siempre, me miró como si no me conociera, para ver qué le decía yo. Pero no le dije nada. Se veía pálida y hermosa. Acaricié su frente y puso una expresión de pánico que no tomé en cuenta. Yo solo quería besarla mucho... Acerqué mi boca a la suya y nos besamos como siempre  lo habíamos hecho, enamorados como nunca.