El carro giró rápidamente a través de la vía Cali – Jamundí. Manuel, en estado de embriaguez, perdió el control del vehículo y luego este rodó por la carretera, como un juguete de plástico. En la fiesta de la que veníamos, había conocido a Sandra, la prima de un amigo mío. Esa noche nos presentaron y no hice más que mirarla… mirarla bailar, y no con cualquiera, sino con los amigos malos de mi primo. Pero eso no representaba problema para mí, sólo era cuestión de tenerla un rato a ella sola para hablarle, y ese momento era en el carro. Le pregunté de nuevo su nombre y lo soltó con una amplia sonrisa, luego noté que usaba botas. En el momento que iba a responderme por qué las usaba, la expresión en su cara pasó de risas alicoradas a un horror profundo... Y un segundo antes del vuelco, me apretó el muslo fuertemente.
Ambos caímos en estado de coma. Lo sabía porque yo estaba consciente. No podía escuchar a nadie hablarme, pero podía pensar y soñar. Los primeros sueños fueron todos los mismos: Sandra y yo, perplejos, mirábamos un balde. Yo levantaba un poco la mirada y me fijaba que no éramos los únicos, pues hacíamos parte de un círculo de unas quince personas, todas mirando lo mismo.
Entonces, luego de un rato, teníamos una charla corta:
—¿Qué ves? —me preguntaba ella.
—¡Pues un balde! —respondía yo. Pero hay algo que no entiendo: ¿por qué nadie tiene rostro?
—No sé. Pero eso no importa ahora. Lo único que quiero saber es qué tiene ese balde. ¿Será que voy y miro?
—Acércate un poco. —le dije.
—Bueno, ya vengo. —me dijo ella. Me esperas.
Sandra se iba y parecía irse de cabeza hacia el interior del balde.
Y todas las noches era lo mismo, el mismo sueño que terminaba con esa charla y yo me quedaba esperando a que Sandra volviera de allá. Me estaba empezando a aburrir del mismo sueño siempre: la gente con una cabeza sin rostro y todos vestidos con una túnica, que a lo mejor era de color gris —soñaba en blanco y negro—. Era como ver la misma película una y otra vez…
Tiempo después, las cosas empezaron a cambiar. Aquel sueño empezó a modificarse. Cuando me di cuenta de que pasaban cosas diferentes, pensé que podía aprovechar para poder cambiar el rumbo de ese cuadro tan aburrido. Me fijé que algunas personas llegaban a amontonarse en el círculo también y algunas conversaban (eso no había sucedido antes). Halé del brazo a Sandra para poder alejarnos del tumulto. Fue una sensación única. Pude romper con una rutina que me estaba volviendo loco y tuve, por fin, la oportunidad de hablar con Sandra de algo distinto:
—¿Cómo hiciste para sacarme? ¡Dios mío, me iba a volver loca! —me dijo ella.
—No lo sé. De repente pude y ya. —respondí tranquilo.
Y me desperté.
No sé si el verbo correcto sea ese: “Despertar”, porque despertaba a mi coma. Era como tener los ojos vendados y los oídos tapados. No podía hacer absolutamente nada, excepto pensar. Luego de varias horas, me sentía cansado y me podía dormir. No sé si “dormir” sea el verbo correcto, pero me sentía muy descansado cuando terminaba de soñar. Y me encantaba. Era mejor estar soñando porque cuando me despertaba solo podía pensar en eso. Sobre todo en ese momento en el que empecé a soñar cosas diferentes, todo se volvió mucho más interesante.
En mis sueños, Sandra siempre usaba la misma ropa todos los días. La que tenía ese día que la conocí y que nos accidentamos. Su cabello se veía hermoso. Era como un pasamontañas que yo quería usar en la cara cuando hiciera frío o cuando hiciera calor. Se veía hermosa, todos los días, en todos los sueños.
Un día Sandra estuvo tan agradecida conmigo por haberla sacado del sueño, que me invitó a su casa a almorzar. Me arreglé lo mejor que pude. Me probé varias camisas y traté no de no aplicarme demasiada colonia, como solía hacer siempre. Llegué a su casa y era muy bonita. Comimos, charlamos, nos reímos y luego tomamos vino. Sandra era una mujer muy amena.
Algunas veces, yo soñaba que salía de trabajar de algún periódico y pasaba en mi carro y le pitaba dos veces. Se asomaba por el balcón y se despedía de mí. Ella siempre tan receptiva. Otras veces, pasaba a visitarla para mostrarle algo diferente. Yo buscaba algo interesante que tuviera en mi casa para poder mostrarle a ella y que pensara que soy un hombre que vale la pena. Un día le dije que iba a ir a mostrarle mi libreta de poemas. Pasamos todas las hojas. Todas vacías. Ella también se antojó de mostrarme algo y miramos una colección de unos veinte pares de botas, todas idénticas. Pero eso sí: muy bonitas todas. Es una mujer a la que se le nota el buen gusto.
Tiempo después, las cosas se dieron. Sandra y yo éramos la pareja ideal. Teníamos un perro muy cariñoso, un carro que no consumía gasolina y una colección de salsa inigualable. Todos nuestros vecinos sin rostro parecían envidiarnos, o por lo menos eso era lo que ella me comentaba. ¿Mencioné que el perro no ladraba ni cagaba? Todo era perfecto.
Todo parecía en orden hasta que una chispa de razón se asomó con intenciones de querer arruinar mis sueños y mi vida. Estábamos haciendo el amor en el piso de un centro comercial. Todo era espectacular: las luces, el clima, el clímax… De un momento a otro, Sandra me tapó la boca con su mano y se me desbarató el momento: “Tú eres consciente de que esto es un sueño, ¿verdad? Debes calmarte”.
Pero no me calmé. Todo se empezó a confundir. Cuando me despertaba lo único que hacía era tratar de volverme a dormir para seguir soñando y tratar de aclararle a Sandra que así como íbamos todo estaba bien. Pero era imposible dormirme cuando yo quisiera, y tratar de inventarme el sueño, pensándolo, era inútil; Sandra no me escuchaba. Tenía que esperar a que me volviera a cansar para dormirme y poder encontrar tranquilidad con ella. Yo la amaba. Estaba muy enamorado, y ella también lo estaba de mí. Creo que no se podía conocer a una persona mejor que como yo conocí a Sandra y como ella lo hizo conmigo. Sabíamos cada cosa uno del otro. Todo, absolutamente todo. Pero las cosas no mejoraron. Ella se empeñaba, cada vez más, en tratar de derrumbar todas las cosas que sueño a sueño yo había construido para los dos. Todos los días me lanzaba algo distinto: “Sabes que esto algún día va a terminar, ¿cierto?, ¿estás teniendo en cuenta que pronto despertaremos?, ¿estamos listos para seguir con nuestras vidas nosotros solos? Tengo miedo de que nos vayamos a estrellar” Cada cosa me destrozaba más el corazón. Ella no entendía, no entendía nada. La empecé a desconocer totalmente.
—¿Esto que estoy tocando, esto, esto, es en realidad tu pierna? —me preguntó un día en la cama.
—¿A qué te refieres? —respondí extrañado. Claro que es mi pierna. ¿Esto que estoy tocando es tu nariz?
—Puede que no. ¿Cómo sabes que esa nariz que estás tocando nunca antes la habías tocado y te la estás imaginand…
—¡Cállate, necia! —grité alterado. No necesito tus reflexiones vacías. ¡No sabes nada!
Por esas épocas difíciles con ella, volví a tener el mismo sueño de las primeras noches. Todos mirábamos el balde, asombrados, atraídos por algo. Sentí terror. “Ahí viene de nuevo esta rutina del condenado balde”, pensé. Llegó el momento de la charla previa a la finalización del sueño:
—¿Qué ves? —me preguntaba ella.
—¡Pues un balde! —respondía yo. Pero hay algo que no entiendo: ¿por qué nadie tiene rostro?
—No sé. Pero eso no importa ahora. Lo único que quiero saber es qué tiene ese balde. ¿Será que voy y miro?
—Acércate un poco. —le dije.
—Bueno, ya vengo. —me dijo ella. Me esperas.
En ese momento, vi que otras personas se acercaron al círculo y alguien se rió fuertemente. Me di cuenta de que podía romper la rutina. Pensé en halarla de nuevo del brazo, como hice la primera vez, e irnos a casa, pero por alguna razón, tal vez aquella chispa de razón, la detuve y le dije:
—Yo no te voy a esperar. Mejor nos vamos juntos.
Tomé su mano y el balde, blanco, como el color de su piel, nos absorbió hacia dentro. Quedé enceguecido por una luz muy fuerte. Poco a poco, sentí que podía abrir los ojos. Cuando lo hice vi una lámpara en el techo. Era el hospital. Me sentía bien, fresco, renovado. Volteé a ver la camilla de enseguida y pude verla… Ella también me miraba a mí con una expresión extraña, como quien no entiende qué pasa.
Me bajé de la camilla como pude, quitándome los cables y los medidores, y me acerqué a ella despacio. Queriendo molestarme, como siempre, me miró como si no me conociera, para ver qué le decía yo. Pero no le dije nada. Se veía pálida y hermosa. Acaricié su frente y puso una expresión de pánico que no tomé en cuenta. Yo solo quería besarla mucho... Acerqué mi boca a la suya y nos besamos como siempre lo habíamos hecho, enamorados como nunca.