martes, 15 de febrero de 2011

El día que un francés vino a Colombia.

Lo confieso: ya no me gusta ver noticieros,  ni escuchar emisoras buenas o emisoras malas, o una combinación de ambas, como La W. Tampoco me gusta leer periódicos malos o periódicos malos, o una combinación de ambos, como... Bueno. Antes me gustaba mantenerme informado sobre la actualidad del país, sobre los hechos recientes, sobre la coyuntura, etc. Pero hoy ya no. Me desanimé. Se fue a la caneca de la basura del baño social esa gana de saber qué pasa en Colombia. Bueno, todos tenemos un límite, ¿no? 
Yo me cansé. Antes era reconfortante opinar sobre las elecciones en el almuerzo, sobre las Farc en los recesos, sobre la situación de la rama judicial tomándose un tinto, etc. Ahora no. Ahora es triste. Pero creo que se debe a mi corta edad, porque seguro durante toda la vida ha sido triste eso. 
Todos los días es algo distinto. Cada día hay un escándalo nuevo, un nuevo ataque, una nueva masacre, una nueva toma, un asalto, una pelea, un borracho matando gente con su carro, un boxeador matando a patadas a su vecino, unos policías matando a un animal, un animal matando a otro animal... Luego de eso, al otro día, un avance sobre el mismo escándalo anterior, que nos deja ver que era más grande de lo que pensábamos. Y así, de poquito a poquito, el país se va yendo por el caño. Así lleva yéndose desde que los libros lo recuerdan. 
Me parece que es suficiente mal el que azota a Colombia. Pero ahí está lo triste de nuevo: yo pude haber escrito la anterior frase hace 15 años e igual hubiera tenido validez. En cualquier momento podría decir que el país se va por el caño... Y sería cierto.
Un amigo, tratando de hacerme volver al optimismo que nunca he tenido, me dijo lo siguiente: "Daniel, deberías ver las noticias de otros países. Hay gente peor que acá". Y él tiene razón. Debe haber países en peores situaciones. ¿Haití? ¿Algún país africano que nos suene lejano? ¿Venezuela? Mi amigo me habría llevado al optimismo, pero de un momento a otro recordé que un país que está peor que Colombia no va a arreglar a Colombia. Además, me da pereza leer noticias internacionales, porque nunca me han importado. Suficientes cosas malas ve uno, si evade el noticiero, en la misma calle en la que vive.
Entonces, eso que escribí en el título de la entrada sería algo como esto: vengo de Francia a visitar a mi mejor amiga en Colombia. Mientras ella va a comprar el almuerzo, yo me quito los zapatos en el delicioso clima caleño, prendo el televisor y veo el noticiero de las 12:30 p.m.:


Día 1: MINEROS ATRAPADOS EN MINA ILEG...
Día 2: ASESINADO CONCEJAL EN CO...
Día 3: CAMIONETA DE 250 MILL. QUE USABA EL EXC...
Día 4: ASESINADO POR ROBARLE UNA SUMA EN B...
Día 5: MEDIO PAÍS INUNDADO
Día 6: LAS AYUDAS NO ALCANZAN PARA SUP...
Día 7: CONFIESA PARAMILITAR Y ACUSA A POLÍTIC...


¡Mierda! Llevo una semana en Colombia. Miro hacia la ventana y espero que una sarta de ladrones entre rompiendo todo... No pasa nada. Creo que estoy paranoico. Sigo con la visita:


Día 8: FARC DINAMITAN TORRE DE ENERG...
Día 9: FARC ANUNCIAN LIBERACIÓN DE SE...
Día 10: FARC LIBERAN UNO; SECUESTRAN 8...
Día 11: FARC NO CUMPLE CON TODAS LAS LIB...


Pero ¿qué es esto? Miro de nuevo la ventana y espero a que entren las Farc a tomar el té con nosotros... Pero no pasa nada. Seguro estoy paranoico de nuevo. Además, estoy en un barrio tranquilo.


Día 12: GAULA ENCUENTRA CALETA DE NARCO EN CAL...
Día 13: INTERCEPTADO CAMIÓN CON GRAN ARMAMEN...
Día 14: ASESINADOS ESTUDIANTES DE UNIANDE...
Día 15: ASESINADOS ESTUDIANTES DEL SEN...
Día 16: ASESINADOS ESTUDIANTES DE COLEGIO EN TU...


¡Puta vida! Miro por la ventana y no pasa nada... Recuerdo que estoy en un barrio tranquilo y que no soy estudiante. Estoy paranoico, es todo.


Día 17: BACRIM...
Día 18: BACRIM...
Día 19: BACRIM...
Día 20: BACRIM...


Pero las Bacrim no entraron por la ventana. Se me hizo raro. Estoy por pensar que este barrio está blindado o algo así. Luego, mi amiga, toda pálida, entra y me dice que casi la roban volviendo del mercado.
Pero Colombia es un país hermoso, y, por eso, me encuentro ahora visitando este bello lugar colombiano, el mejor de todos: el aeropuerto de Bogotá.


Terminada mi fantasía de ser francés,  que en realidad odiaría serlo -me gusta mucho bañarme-, llegué a una conclusión un poco ambigua:


Colombia es un país al que todos los ateos del mundo deberían venir a que los noticieros les demostraran que Dios no existe.


O, por el contrario:


Colombia es un país al que todos los teólogos deberían venir para que los noticieros les demostraran que, como Dios sí existe, hizo con Colombia algo que solo podría hacer un ser que de verdad existe: olvidarnos.
















lunes, 7 de febrero de 2011

Maldito mundo extraño

                                                   
Mi mamá tiene una actitud inquietante: cuanta más edad tengo, más se preocupa por mí, cuando debería ser al contrario. No digo que haya sido descuidada antes, pero es algo exagerado que, teniendo yo 26 años, me llame casi cada dos horas preguntándome en dónde estoy y si estoy bien.  Yo no le digo nada, sé que sólo quiere cuidarme, pero algún día tendrá que entender que ya soy un hombre. Pobre de mi madre. Como veo las cosas va a ser difícil para ella cuando me vaya a ir de la casa y, puesto que conseguí un alto cargo en el bufete de abogados CARIOCA, es cuestión de tres o cuatro meses para tener la cuota inicial de la camioneta e irme a vivir a un apartamento en las colinas. Cuando eso pase, mi mamá estará preocupada, eso sí, pero estará orgullosa de mí. Por lo pronto espero que cuando viva solo me llame menos veces.
Ya se me hizo tarde. Me despido de mi mamá y salgo a la puerta. Pablo me recoge en la moto. Yo le digo que no podemos circular ambos –siendo  hombres- en el mismo vehículo, pero ya que no tengo casco y chaleco ni él tiene licencia de conducción  y papeles de la moto, una regla más o una menos no iría a importar. Entonces me subo y arranca como si nada. Me molesta tener su cabeza frente a mí y que no me deje ver por dónde va (porque Pablo no ve muy bien, entonces siento que debo avisarle si hay algún bache). Gracias a que trabajé con la Secretaría de Tránsito y ejercí como guarda durante 6 meses, conozco perfectamente los sitios favoritos de mis ex colegas para montar retenes, así que evitamos esos sitios y tomamos otros caminos para llegar a nuestro destino.
Me bajo en la casa de Camilo y Pablo se va sin despedirse. Él se pone así siempre que pelea con la novia, pero es inevitable: ella está loca. Timbro 3 veces para que sepa que soy yo. Mientras él abre yo reviso que los papeles en mi portafolio estén completos con las fotos autoadhesivas de las personas que integran mi grupo y me acomodo el nudo de la corbata. Camilo abre la puerta y trato de saludarlo con un apretón de manos vigoroso, pero recibo una delicada respuesta de su mano velluda. Siento que saludo a un hombre enfermo.
Nos sentamos en la sala y pongo mis papeles sobre la mesa. Camilo no parece estar muy interesado en mí y arma un avión con un billete. ¿Para qué carajos me cita si no va a ponerme atención? Qué tonto es. Él como siempre pensando en sus fiestas, no se da cuenta de que el proyecto que estoy presentando no se ve todos los días: innovación en el control del ingreso de personal a un lugar cerrado. Él se lo pierde. Mejor consigo a alguien que esté de verdad interesado en mi propuesta, y que en realidad quiera aprovechar la oportunidad que estoy ofreciendo. Le digo que es inviable lo que estoy haciendo y debo modificarlo, una excusa ridícula teniendo en cuenta lo fuerte que es el proyecto, pero a fin de cuentas, una excusa. (No podía irme de la sala sin decir nada). El pito de la moto de Pablo me ayuda un poco. Salgo entonces de la casa y evito darle la mano.
Le pregunto a Pablo por la brevedad de su regreso y me responde que fue por su licencia y los papeles de la moto, que por eso no se demoró. Pero yo no le creo. Sé que no se demoró porque estaba hablando con la novia, y cuando no se demora es porque ella lo despacha rapidito, le pone las diéresis sobre las úes sin rodeos. Le gusta economizarle la llamada a Pablo, y por eso no se pone con divagaciones a la hora de mandarlo a un lugar muy lejano, que todos sabemos cuál es y al que alguna vez nos han mandado. Pero bueno, mejor no le hablo de eso. A lo mejor se pone a llorar y eso no me conviene para viajar en moto.
Entonces me bajo en mi casa y Pablo se va sin despedirse. Algo grosero, pero lo comprendo. Él Toda la vida ha sido así y por algo soy su amigo. Ahora debo concentrarme en buscar quién quiere ser mi socio en el proyecto que llevo a cabo. El Decano de mi facultad en la universidad me dijo que quería ser él, pero yo la verdad no le confiaría un proyecto empresarial a un profesor especializado en filosofía, y que lleva todos los días la guitarra a la universidad, pero no la toca jamás. No me voy a arriesgar a que vuelva mi proyecto una suerte de instrumento suyo.
En este momento el problema principal es encontrar la llave que abre la puerta. Ninguna entra en la chapa. Para mi suerte, estaba abierta y fue solo cuestión de empujar. Me doy cuenta de que el vecino cambió de carro. Tiene una camioneta como la que yo quiero, pero negra. Luego, saludo a mi mamá que está en el comedor con la visita, tiene un color de cabello diferente, estrena un vestido elegante. Yo pensaba que ya había dejado el cigarrillo, pero no le pregunto por ello. Mijito, ¿conseguiste el álbum del Mundial?, me pregunta un hombre calvo y gordo que comparte un plato de chicharrones con mi mamá. No sé quién es ni de qué habla, pero yo le respondo que no haciéndome el que entiendo, como para salir de la situación. Entro a mi habitación y me lleno de ira al darme cuenta de que no están los cuadros que había pintado hace dos años. ¡Maldita avaricia! Mi padrastro los vendió para comprarse una colección de correas. Viejo loco. Y tuvieron el atrevimiento de acomodar en una pila los planos que tenía sobre mi escritorio, y la novela que estaba escribiendo a mano tampoco la veo. ¿Por qué tienen que coger mis cosas como si fueran suyas? Cualquiera se aburre así.
Oigo a mi mamá hablando atrás con el hombre calvo: “Son los trastornos de Carlitos. Es como tener cien personas en la casa… cien Carlitos. No, Germán, usted no sabe todo lo que yo lloro…”
Saber que mi mamá está triste me pone triste, todavía más si es por mí, y a veces también me hace llorar. No me gusta que ella se entere de que lloro. Por eso, entro en mi carpa, prendo una vela, y cierro el angeo… para que no me escuche llorar por ella.