lunes, 28 de marzo de 2011

Sobre nuestros intelectuales colombianos

En realidad yo estaba muy equivocado: pensaba que nuestro país estaba lleno de gente banal y superficial. Hace poco me di cuenta del error en el que estaba cayendo. En Colombia, aunque nadie crea, estamos llenos de unos personajes increíblemente letrados y sabios. ¿Que cómo me di cuenta? Pues leyendo los foros virtuales de los medios de comunicación. 

Si alguno de estos medios publicaba en su página oficial, o por medio de un enlace en Facebook, una noticia sobre Juan Manuel Santos, sobre Gustavo Petro, sobre el director del SENA o sobre el M-19, muchedumbres virtuales se lanzaban al teclado a dar sus respectivas opiniones del caso. "¡Ignorante! ¡Deja de ver RCN!", dicen unos. "¡Mamertos! ¡Váyanse para Venezuela!", dicen los otros. Ver este tipo de mensajes ya se me hacía normal; era parte de la rutina al leer noticias vía Internet. Pero, de un momento a otro, empecé a descubrir otro tipo de mensajes que los usuarios empezaban a postear

"¡Como siempre El Tiempo publicando cosas sin sentido!", empezaron a escribir unos. "¡Me extraña, Revista Semana! ¡Hablen de cosas más importantes, como los falsos positivos!", empezaron a escribir los otros. Oh, qué magnificencia, qué grandeza la de aquellos colombianos que escribían estos comentarios en noticias como, por ejemplo, las relacionadas con la muerte del famoso pulpo Paul. De verdad, yo no me imaginaba tantos filósofos, hijos de las más profundas corrientes de los antiguos pensadores, escribiendo en estos foros. Luego de leer estas críticas perfectas, ácidas y con un fino toque de redondez, me sentí un ignorante completo porque, en el fondo, sabía que me había parecido simpática la nota sobre el pequeño pulpo, y hasta le di 'Me gusta' en Facebook. ¡Soy un fiasco!

Me gustaría que a esas personas, intruidas en todos los conocimientos posibles, les llegara este humilde mensaje: amigos intelectuales, la próxima vez que escriban cosas como "Otra vez este pasquín publicando pendejadas", acuérdense que se demoran menos cerrando la ventana que tengan abierta. Así se ahorrarán unos segundos para poder seguir escribiendo sus profundos y acertados comentarios sobre la realidad nacional. Y nosotros, los de la cabeza vacía, ya que no tenemos la capacidad intelectual para poder ofrecerle al mundo tal genialidad que  acabo de mencionar, nos vemos obligados a hacernos a la idea de que no podemos vivir hablando siempre de lo malo que pasa en el país, que de vez en cuando es bueno leer noticias curiosas o de humor. 

No siempre tienen que andar mostrándonos las monstruosidades que ya muchos conocemos. Y si bien es cierto que es nuestro deber informarnos de las cosas relevantes de la realidad nacional, también debemos distraernos un poco. No nos amarguemos tanto.

sábado, 26 de marzo de 2011

Carta de un hombre que perdió a una mujer. (Fragmento).

Antes de llevarme, me darás la devastadora manita tuya que siempre me acarició y darás conmigo un último paseo al parque. Sacaremos de su lugar a la pareja que veo en el resbalador y nos sentaremos ahí. Antes de llevarme, veremos una película en tu sofá —no importa si es animada, la verdad— y me abrazarás durante ese lapso. Antes de llevarme, me quitarás la ropa y me harás pensar que me estás llevando… Antes de llevarme, vestirás todo mi cuerpo con tus ojos, aún brillantísimos, y esa será la vestimenta con la que me abrigarás… Antes de llevarme, alivianarás el peso que cargo debido a mis problemas y corregirás otros, como la ruta de mi espalda. Antes de llevarme, me curarás.

Hoy he decidido salir de mis pensamientos oscuros y dejar de perderme en ellos. Hoy he decidido continuar con mi vida real, salir de este pozo y contagiarme de la verdadera vida, la que siempre habíamos vivido. Hoy también he decidido arreglar mi problema con los pronombres: no habrá más nosotros, solo habrá yo.
¿Sabes algo, mi gran pequeña? Seremos felices. Lo de los pronombres lo corregiré después, lo sé.

sábado, 12 de marzo de 2011

El taco de acero



Él era el as del billar. Nunca usó su talento para competir a nivel profesional, como tantas veces se lo habían sugerido, sino que usaba esa capacidad para ganar dinero de una manera muy peculiar.

Roberto se untaba descongestionante en pomada bajo los ojos, se desabotonaba la camisa, hablaba de manera enredada y cantaba la canción que estuviera sonando. Luego, se tomaba dos cervezas lo más rápido que pudiera y hacía algunos tiros torpes en la mesa, como si estuviera practicando. ¿Quién se me mide un chico?, pregunta en voz alta. Soltaba con un golpe tres billetes de $50.000 sobre la mesa. Cuando logra convencer a alguien, le quita el dinero con una victoria contundente o, con pérdidas y derrotas, pone al contrario a apostar el máximo valor, dándole la ilusión de que tiene oportunidad de ganarle.

Así pasaba los fines de semana Roberto. Se gastaba el dinero entre semana y lo recuperaba los jueves, viernes y sábados en algún billar de los barrios cercanos al centro.

La noche del 15 de enero, luego de ganarle media quincena a un trabajador, Roberto escuchó un silbido y al voltear una mujer, desafiante, puso las llaves de una moto sobre la mesa, como lo hacía él con los billetes: de un manotazo. Si va a apostar una moto es porque juega bien, pensó Roberto, pero no se la voy a quitar. Le gano la mesa y me voy. La mujer no le dio oportunidad: completó 21 carambolas seguidas. Después de unas diez, cada carambola le generaba al supuesto borracho un tumbo de sangre violenta e impotente que le recorría el tronco; el hecho de que una mujer pudiera ganarle lo desesperaba. Al vencer a Roberto, ‘Bola 4’, como le decían en el billar, le devolvió la plata a quien había acabado de perderla.

Roberto se volvió obstinado con aquella situación. Volvía al mismo billar cada vez que podía, pensando en ganarle algún día a la habilidosa y humilde mujer. Después de su respectiva derrota, ambos salían al andén a tomar cerveza. Cuando terminaban de jugar se volvían amigos. Lo de ser contrincantes solo llegaba hasta el siguiente sábado.
Unos meses más tarde, la mujer se enamora de Roberto. Ella conoce al hombre sensible que hay detrás de su ambición y su obsesión por ganar.

Voy a ser muy feliz el día que le gane dos veces, le dijo Roberto a ‘Bola 4’, muy feliz. Pues eso no va pasar nunca, le respondió ella. Sin embargo, una noche, enamorada y rompiendo la promesa que le hizo a su padre, el hombre que le enseñó el juego del cálculo y la precisión, decidió dejarse ganar de Roberto de una manera muy disimulada.
Disfrutó con esa victoria como con pocas cosas había disfrutado antes: cantó, bailó, rió, bebió y abrazó a su rival muchas veces. Al final de esa triunfante noche, él, al despedirse, acercó su boca a la de ella, y la besó con ímpetu y deseo. Se subió a un taxi, y ella recordó ese beso toda la noche.

El siguiente sábado, ‘Bola 4’ se arregló como nunca para ir al salón de juego: aretes, perfume, tacones, la blusa más elegante de su mejor amiga…

Roberto jamás volvió al billar. Pudo derrotar, por fin, a quien tanta dificultad y frustración le  había generado.