lunes, 7 de febrero de 2011

Maldito mundo extraño

                                                   
Mi mamá tiene una actitud inquietante: cuanta más edad tengo, más se preocupa por mí, cuando debería ser al contrario. No digo que haya sido descuidada antes, pero es algo exagerado que, teniendo yo 26 años, me llame casi cada dos horas preguntándome en dónde estoy y si estoy bien.  Yo no le digo nada, sé que sólo quiere cuidarme, pero algún día tendrá que entender que ya soy un hombre. Pobre de mi madre. Como veo las cosas va a ser difícil para ella cuando me vaya a ir de la casa y, puesto que conseguí un alto cargo en el bufete de abogados CARIOCA, es cuestión de tres o cuatro meses para tener la cuota inicial de la camioneta e irme a vivir a un apartamento en las colinas. Cuando eso pase, mi mamá estará preocupada, eso sí, pero estará orgullosa de mí. Por lo pronto espero que cuando viva solo me llame menos veces.
Ya se me hizo tarde. Me despido de mi mamá y salgo a la puerta. Pablo me recoge en la moto. Yo le digo que no podemos circular ambos –siendo  hombres- en el mismo vehículo, pero ya que no tengo casco y chaleco ni él tiene licencia de conducción  y papeles de la moto, una regla más o una menos no iría a importar. Entonces me subo y arranca como si nada. Me molesta tener su cabeza frente a mí y que no me deje ver por dónde va (porque Pablo no ve muy bien, entonces siento que debo avisarle si hay algún bache). Gracias a que trabajé con la Secretaría de Tránsito y ejercí como guarda durante 6 meses, conozco perfectamente los sitios favoritos de mis ex colegas para montar retenes, así que evitamos esos sitios y tomamos otros caminos para llegar a nuestro destino.
Me bajo en la casa de Camilo y Pablo se va sin despedirse. Él se pone así siempre que pelea con la novia, pero es inevitable: ella está loca. Timbro 3 veces para que sepa que soy yo. Mientras él abre yo reviso que los papeles en mi portafolio estén completos con las fotos autoadhesivas de las personas que integran mi grupo y me acomodo el nudo de la corbata. Camilo abre la puerta y trato de saludarlo con un apretón de manos vigoroso, pero recibo una delicada respuesta de su mano velluda. Siento que saludo a un hombre enfermo.
Nos sentamos en la sala y pongo mis papeles sobre la mesa. Camilo no parece estar muy interesado en mí y arma un avión con un billete. ¿Para qué carajos me cita si no va a ponerme atención? Qué tonto es. Él como siempre pensando en sus fiestas, no se da cuenta de que el proyecto que estoy presentando no se ve todos los días: innovación en el control del ingreso de personal a un lugar cerrado. Él se lo pierde. Mejor consigo a alguien que esté de verdad interesado en mi propuesta, y que en realidad quiera aprovechar la oportunidad que estoy ofreciendo. Le digo que es inviable lo que estoy haciendo y debo modificarlo, una excusa ridícula teniendo en cuenta lo fuerte que es el proyecto, pero a fin de cuentas, una excusa. (No podía irme de la sala sin decir nada). El pito de la moto de Pablo me ayuda un poco. Salgo entonces de la casa y evito darle la mano.
Le pregunto a Pablo por la brevedad de su regreso y me responde que fue por su licencia y los papeles de la moto, que por eso no se demoró. Pero yo no le creo. Sé que no se demoró porque estaba hablando con la novia, y cuando no se demora es porque ella lo despacha rapidito, le pone las diéresis sobre las úes sin rodeos. Le gusta economizarle la llamada a Pablo, y por eso no se pone con divagaciones a la hora de mandarlo a un lugar muy lejano, que todos sabemos cuál es y al que alguna vez nos han mandado. Pero bueno, mejor no le hablo de eso. A lo mejor se pone a llorar y eso no me conviene para viajar en moto.
Entonces me bajo en mi casa y Pablo se va sin despedirse. Algo grosero, pero lo comprendo. Él Toda la vida ha sido así y por algo soy su amigo. Ahora debo concentrarme en buscar quién quiere ser mi socio en el proyecto que llevo a cabo. El Decano de mi facultad en la universidad me dijo que quería ser él, pero yo la verdad no le confiaría un proyecto empresarial a un profesor especializado en filosofía, y que lleva todos los días la guitarra a la universidad, pero no la toca jamás. No me voy a arriesgar a que vuelva mi proyecto una suerte de instrumento suyo.
En este momento el problema principal es encontrar la llave que abre la puerta. Ninguna entra en la chapa. Para mi suerte, estaba abierta y fue solo cuestión de empujar. Me doy cuenta de que el vecino cambió de carro. Tiene una camioneta como la que yo quiero, pero negra. Luego, saludo a mi mamá que está en el comedor con la visita, tiene un color de cabello diferente, estrena un vestido elegante. Yo pensaba que ya había dejado el cigarrillo, pero no le pregunto por ello. Mijito, ¿conseguiste el álbum del Mundial?, me pregunta un hombre calvo y gordo que comparte un plato de chicharrones con mi mamá. No sé quién es ni de qué habla, pero yo le respondo que no haciéndome el que entiendo, como para salir de la situación. Entro a mi habitación y me lleno de ira al darme cuenta de que no están los cuadros que había pintado hace dos años. ¡Maldita avaricia! Mi padrastro los vendió para comprarse una colección de correas. Viejo loco. Y tuvieron el atrevimiento de acomodar en una pila los planos que tenía sobre mi escritorio, y la novela que estaba escribiendo a mano tampoco la veo. ¿Por qué tienen que coger mis cosas como si fueran suyas? Cualquiera se aburre así.
Oigo a mi mamá hablando atrás con el hombre calvo: “Son los trastornos de Carlitos. Es como tener cien personas en la casa… cien Carlitos. No, Germán, usted no sabe todo lo que yo lloro…”
Saber que mi mamá está triste me pone triste, todavía más si es por mí, y a veces también me hace llorar. No me gusta que ella se entere de que lloro. Por eso, entro en mi carpa, prendo una vela, y cierro el angeo… para que no me escuche llorar por ella.

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