Él era el as del billar. Nunca usó su talento para competir a nivel profesional, como tantas veces se lo habían sugerido, sino que usaba esa capacidad para ganar dinero de una manera muy peculiar.
Roberto se untaba descongestionante en pomada bajo los ojos, se desabotonaba la camisa, hablaba de manera enredada y cantaba la canción que estuviera sonando. Luego, se tomaba dos cervezas lo más rápido que pudiera y hacía algunos tiros torpes en la mesa, como si estuviera practicando. ¿Quién se me mide un chico?, pregunta en voz alta. Soltaba con un golpe tres billetes de $50.000 sobre la mesa. Cuando logra convencer a alguien, le quita el dinero con una victoria contundente o, con pérdidas y derrotas, pone al contrario a apostar el máximo valor, dándole la ilusión de que tiene oportunidad de ganarle.
Así pasaba los fines de semana Roberto. Se gastaba el dinero entre semana y lo recuperaba los jueves, viernes y sábados en algún billar de los barrios cercanos al centro.
La noche del 15 de enero, luego de ganarle media quincena a un trabajador, Roberto escuchó un silbido y al voltear una mujer, desafiante, puso las llaves de una moto sobre la mesa, como lo hacía él con los billetes: de un manotazo. Si va a apostar una moto es porque juega bien, pensó Roberto, pero no se la voy a quitar. Le gano la mesa y me voy. La mujer no le dio oportunidad: completó 21 carambolas seguidas. Después de unas diez, cada carambola le generaba al supuesto borracho un tumbo de sangre violenta e impotente que le recorría el tronco; el hecho de que una mujer pudiera ganarle lo desesperaba. Al vencer a Roberto, ‘Bola 4’, como le decían en el billar, le devolvió la plata a quien había acabado de perderla.
Roberto se volvió obstinado con aquella situación. Volvía al mismo billar cada vez que podía, pensando en ganarle algún día a la habilidosa y humilde mujer. Después de su respectiva derrota, ambos salían al andén a tomar cerveza. Cuando terminaban de jugar se volvían amigos. Lo de ser contrincantes solo llegaba hasta el siguiente sábado.
Unos meses más tarde, la mujer se enamora de Roberto. Ella conoce al hombre sensible que hay detrás de su ambición y su obsesión por ganar.
Voy a ser muy feliz el día que le gane dos veces, le dijo Roberto a ‘Bola 4’, muy feliz. Pues eso no va pasar nunca, le respondió ella. Sin embargo, una noche, enamorada y rompiendo la promesa que le hizo a su padre, el hombre que le enseñó el juego del cálculo y la precisión, decidió dejarse ganar de Roberto de una manera muy disimulada.
Disfrutó con esa victoria como con pocas cosas había disfrutado antes: cantó, bailó, rió, bebió y abrazó a su rival muchas veces. Al final de esa triunfante noche, él, al despedirse, acercó su boca a la de ella, y la besó con ímpetu y deseo. Se subió a un taxi, y ella recordó ese beso toda la noche.
El siguiente sábado, ‘Bola 4’ se arregló como nunca para ir al salón de juego: aretes, perfume, tacones, la blusa más elegante de su mejor amiga…
Roberto jamás volvió al billar. Pudo derrotar, por fin, a quien tanta dificultad y frustración le había generado.
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